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jueves, 16 de mayo de 2013

Carmen Martín Gaite, doctora en Manhattan

La escritora Carmen Martín Gaite. / ANA TORRALBA




Reportaje publicado en El País el 29 de abril de 2013. por Tereixa Consteinla.




¡Miranfú! Carmen Martín Gaite dijo la palabra mágica de su Caperucita en Manhattan, se abrió la alcantarilla y una corriente gustosa de aire tibio la ascendió hasta la corona de la estatua de la Libertad. Allí sigue, reinando como si no hubiera muerto. En Estados Unidos, donde aman a los reyes con vehemencia republicana, la han entronizado como el gran clásico de la literatura española contemporánea. El único autor de España presente en 56 universidades al norte del Río Grande.


Ni Benet, encumbrado entre la élite como el más singular de su generación y amadrinado por la escritora —como evidencia la correspondencia entre ambos editada recientemente por el profesor José Teruel—, ni Sánchez Ferlosio, su exmarido, han permanecido indemnes al paso del tiempo. “Ella es imprescindible. El cuarto de atrás es una novela canónica. Nadie puede doctorarse en Estados Unidos sin haberla leído, sin embargo ya casi nadie enseña a Benet ni El Jarama, explica la catedrática de la Universidad de Delaware Joan L. Brown.

Y Brown no le dice por admiración —escribió en los setenta la primera tesis sobre Carmiña de su país— ni nostalgia —lo anterior, desde 1974, las convirtió en grandes amigas—. Esta catedrática ha dedicado dos estudios (1998 y 2008) a fijar el canon académico de la literatura española a partir de la investigación del programa de 56 universidades. Después de un complicado proceso de recopilación de datos, descubrió con placer el lugar que ocupaba su amiga escritora. Ni entre visillos, ni envuelta en nubosidad variable, Carmen Martín Gaite (Salamanca, 1925-Madrid, 2000) presidía el frontispicio, a la cabeza de los programas de estudio.

Tal vez sea la secuencia lógica al fenómeno que se había fraguado en vida de aquella autora que en sus últimos años tenía aspecto de reina de las nieves. “EE UU le dio antes que España tres cosas muy importantes: la fama, el dinero y un cuarto propio para escribir”, sostiene Joan L. Brown. No solo el mundo académico se rindió a sus pies, también lo hizo la crítica, incluida la del The New York Times, que celebró sin remilgos El cuarto de atrás. “Los norteamericanos aficionados a lo ibérico han desarrollado una pasión excepcional por Carmen Martín Gaite y, quiéralo o no ella, también se ha convertido en una de las figuras más importantes en el terreno de los estudios feministas actuales”, escribió John W. Kronik, de la Universidad de Cornell, dos años antes de la muerte de la autora de Lo raro es vivir. Los trabajos no cesan. Roberta Johnson, de la Universidad de Kansas, se ha sumado recientemente con un estudio sobre los paralelismos entre dos obras que María Zambrano y Carmen Martín Gaite escribieron enfermas.

En 1980 la novelista había reflexionado: “Los críticos y estudiantes norteamericanos repartidos por las más distantes universidades le vienen dedicando a mi obra, a pesar de no estar aún traducida al inglés, una atención mucho más seria y rigurosa de la que ha merecido nunca entre mis compatriotas”. También ella experimentó la recurrente historia del profeta contra su tierra. Sin embargo, no cayó en el resquemor. Pasaba estancias en los campus americanos sin desarraigarse. “No tuvo el menor interés en convertirse en americana, tenía un gran sentido patriótico”, subraya Joan L. Brown.

Lo tuvo pese a que, durante años, pagó el peaje de tener aspiraciones en una sociedad nada tolerante hacia las mujeres que rompían lo convencional. “Había mucho machismo y mucho clasismo. Carmiña era feminista, no estaba bien considerada. Para mí fue un gran estímulo, yo estaba muy atrasada. El verano que compartimos fue muy importante porque me abrió cauces”, recuerda Ton Carandell, viuda de José Agustín Goytisolo, en referencia a unas vacaciones en Cataluña con la escritora y Sánchez Ferlosio.

Con el tiempo, Martín Gaite se convertiría en una de las más populares de la generación de los 50, como evidenciaban las colas que desfilaban ante ella en la Feria del Libro, y reconocidas (Nacional de Literatura y Príncipe de Asturias, entre otros). Y, a diferencia del olvido editorial que ha engullido a escritores fallecidos como Ignacio Aldecoa, ella sigue viva. “Acabó dando el salto de novelista buena a novelista popular, que la gente lee en el metro”, afirmó el catedrático de la Universidad de Zaragoza José-Carlos Mainer, en la conferencia que inauguró el congreso internacional Un lugar llamado Carmen Martín Gaite, organizado por la Universidad Autónoma. “No la considero una escritora olvidada, se me escapan las tesis que hay sobre ella. Lo que sí observo son ciertos prejuicios, como si fuera una autora para mujeres, y son erróneos, machistas y revelan el profundo desconocimiento de su obra”, observa el profesor de la Universidad Autónoma y codirector del congreso, José Teruel.

Tanto él como la italiana Maria Vittoria Calvi, editora de Cuadernos de todo, consideran que está pendiente el reconocimiento de su labor ensayística, que incluye más de una decena de títulos, algunos tan exitosos como Usos amorosos de la postguerra española (y su precedente sobre el XVIII) y otros tan documentados como El proceso de Macanaz. Historia de un empapelamiento. La publicación póstuma de Cuadernos de todo ha abierto un nuevo mundo a sus investigadores para indagar en la personalidad de Martín Gaite, alguien que se veía cabalgando perpetuamente entre el caos y el equilibrio. Se lo recordaba a sí misma con dos grandes fotografías de James Dean y Greta Garbo en su dormitorio. Queda la incógnita de si viajaban con ella a Estados Unidos, el país que antes la quiso. Un amor sorpresa. Algo diferente. ¡Miranfú!



Fragmentos de Caperucita en Manhattan:


"...Pero ¿a qué llaman vivir? Para mí vivir es no tener prisa, contemplar las cosas, prestar oído a las cuitas ajenas, sentir curiosidad y compasión, no decir mentiras, compartir con los vivos un vaso de vino o un trozo de pan, acordarse con orgullo de la lección de los muertos, no permitir que nos humillen o nos engañen, no contestar que sí ni que no sin antes haber contado hasta cien como hacía el Pato Donald...
Vivir es saber estar solo para aprender a estar en compañía, y vivir es explicarse y llorar... y vivir es reírse..."



"La ciudad de Nueva York siempre aparece confusa en los atlas geográficos y al llegar se forma uno un poco de lío. Está compuesta por diversos distritos, señalados en el callejero por colores diferentes, pero el más conocido de todos es Manhattan; el que impone su ley a los demás y los empequeñece y los deslumbra. Le suele corresponder el color amarillo. Sale en las guías turísticas y en el cine y en las novelas. Mucha gente se cree que Manhattan es Nueva York, cuando simplemente forma parte de Nueva York. Una parte especial, eso sí.

Se trata de una isla en forma de jamón con un pastel de espinacas en el centro que se llama Central Park. Es un gran parque alargado por donde resulta excitante caminar de noche, escondiéndose de vez en cuando detrás de los árboles por miedo a los ladrones y asesinos que andan por todas partes y sacan un poquito la cabeza para ver brillar las luces de los anuncios y de los rascacielos que flanquean el pastel de espinacas, como un ejército de velas encendidas para celebrar el cumpleaños de un rey milenario.

Manhattan es una isla entre ríos. Las calles que quedan a la derecha de Central Park y corren en sentido horizontal terminan en un río que se llama East River, por estar al este, y las de la izquierda en toro: el río Hudson. Se abrazan uno con otro por abajo y por arriba.

Vigilando Manhattan por la parte de abajo del jamón, donde se mezclan los dos ríos, hay una islita con una estatua enorme de metal verdoso que lleva una antorcha en su brazo levantado y la vienen a visitar todos los turistas del mundo. Es la estatua de la Libertad, vive allí como un santo en su santuario, y por las noches, aburrida de que la hayan retratado tantas veces durante el día, se duerme sin que nadie lo note."


"Mírame a la cara, por favor. Llevo más de un siglo espe­rando este instante.


Sara levantó la vista del plano arrugado de Manhattan y de la servilleta con manchas de chocolate, y durante unos segundos vio ante sus ojos, rodeado de un fogonazo res­plandeciente, el rostro inconfundible de la estatua que ha­bía saludado de lejos a millones de emigrantes solitarios, avivando sus sueños y esperanzas. Pero ahora no la tenía lejos, sino al lado, sonreía y le estaba besando a ella la mano.

Sara cerró los ojos, cegada por aquella visión, y cuando volvió a abrirlos, miss Lunatic había recuperado su as­pecto habitual. Además se había puesto de pie y estaba insultando a alguien. Sara sintió mucho calor cerca de su espalda. No entendía nada. Luego notó que se apagaban unos focos muy potentes que las habían estado iluminando.

—¿Pero se pueden ir todos ustedes al diablo y dejar­nos en paz? Vamos, Sara, salgamos de aquí. Nos tienen cercadas... Los he visto, los vengo viendo avanzar caute­losamente desde hace un rato con sus cacharros..., sí, a usted también, a ver si se cree que por ser vieja soy ton­ta, a usted se lo digo sobre todo, mister Clinton. ¡La inti­midad de miss Lunatic no se compra con dos cócteles de champán y un batido de chocolate! Coge el cochecito, hija...

Sara, que, obedeciendo a un impulso espontáneo de 
solidaridad con su amiga, se había puesto de pie, miró aturdida a su alrededor. Casi junto a su mesa, montado en su silletín alzado sobre unos raíles, el hombre-muñeco de pelo rizoso, se inclinaba hacia miss Lunatic balbucean­do torpes excusas.

—Por favor, señora, no se enfade... Hay un malen­tendido... Les pensamos pagar su trabajo... ¡Muy bien, además...! Si quiere —añadió bajando un poco la voz— podemos establecer ahora mismo las condiciones econó­micas... Pero no se vaya, se lo ruego.

¡Claro que me voy! ¡Ahora mismo!, ¿usted quién es para disponer de mí, ni de qué condiciones me está ha­blando? ¡Poner precio a la Libertad, es el colmo! ¿Dónde se ha visto despropósito semejante?" 



"Sara se encontró sola en un claro de árboles de Central Park; llevaba mucho rato andando abstraída, sin dejar de pensar, había perdido la noción del tiempo y estaba cansada. Vio un banco y se sentó en él, dejando al lado la cesta con la tarta. Aunque no pasaba nadie y estaba bastante oscuro, no tenía miedo. Pero sí mucha emoción. Y una leve sensación de mareo bastante gustosa, como cuando empezó a levantarse de la cama, convaleciente de aquellas fiebres raras de su primera infancia. El encuentro con miss Lunatic le había dejado en el alma un rastro de irrealidad parecido al que experimentó al salir de aquellas fiebres y acordarse de que a Aurelio ya nunca lo iba a conocer. [...]
Estaba tan absorta en sus recuerdos y ensoñaciones que, cuando oyó unos pasos entre la maleza a sus espaldas, se figuró que sería el ruido del viento sobre las hojas o el correteo de alguna ardilla, de las muchas que había visto desde que entró en el bosque. Por eso cuando descubrió los zapatos negros de un hombre que estaba de pie, plantado delante de ella, se llevó un poco de susto. [...]
Pero al alzar los ojos para mirarlo, sus temores se disiparon en parte. Era un señor bien vestido, con sombrero gris y guantes de cabritilla, sin la menor pinta de asesino. Claro que en el cine ésos a veces son los peores. Y además no decía nada, ni se movía apenas. Solamente las aletas de su nariz afilada se dilataban como olfateando algo, lo cual le daba cierto toque de animal al acecho. Pero en cambio la mirada parecía de fiar; era evidentemente la de un hombre solitario y triste. De pronto sonrió. Y Sara le devolvió la sonrisa.
—¿Qué haces aquí tan sola, hermosa niña? —le preguntó cortésmente—. ¿Esperabas a alguien?
—No, a nadie. Simplemente estaba pensando.
—¡Qué casualidad! —dijo él—. Ayer más o menos me encontré a estas horas una persona que me contestó lo mismo que tú. ¿No te parece raro?
—A mí no. Es que la gente suele pensar mucho. Y cuando está sola más.
—¿Vives por este barrio? —preguntó el hombre mientras se quitaba los guantes. 
—No, no tengo esa suerte. Mi abuela dice que es el mejor barrio de Manhattan. Ella vive al norte, por Morningside. Voy a verla ahora y a llevarle una tarta de fresa que ha hecho mi madre.
De pronto, la imagen de su abuela, esperándola tal vez con algo de cena preparada, mientras leía una novela policíaca, le parecía tan grata y acogedora que se puso en pie. Tenía que contarle muchas cosas, hablaría hasta caerse de sueño, sin mirar el reloj. ¡Iba a ser tan divertido!
De la transformación de miss Lunatic en madame Bartholdi no le podía hablar, porque era un secreto. Pero con todo lo demás ya había material de sobra para hacer un cuento bien largo.
Se disponía a coger la cestita, cuando notó que aquel señor se adelantaba a hacerlo, alargando una mano con grueso anillo de oro en el dedo índice.
Le miró, había acercado la cesta a su rostro afilado rodeado de un pelo rojizo que le asomaba por debajo del sombrero, estaba oliendo la tarta y sus ojillos brillaban con cordial codicia.
—¿Tarta de fresa? ¡Ya decía yo que olía a tarta de fresa! ¿La llevas ahí dentro, verdad querida niña?
Era una voz la suya tan suplicante y ansiosa que a Sara le dio pena, y pensó que tal vez pudiera tener hambre, a pesar del aspecto distinguido. ¡En Manhattan pasan cosas tan raras!"




Para ampliar:


-"Volver a Carmiña", por Juan Cruz, en El País.


Pilar Vicente (Dpto. Castellano)

miércoles, 21 de marzo de 2012

LA REAL ACADÈMIA ESPANYOLA I LES DONES


Artículo enviado por Ana Maciá (profesora de castellano)



Periódico  EL PAÍS
ANÁLISIS

La RAE vista con microscopio

 
Si se mira la RAE con el telescopio de la Historia lo que se ve es una institución que el año que viene cumplirá tres siglos y que en ese tiempo solo ha acogido a siete mujeres. La primera de ellas —Carmen Conde— ingresó en 1979, 266 años después de su fundación. En la puerta se habían quedado Gertrudis Gómez de Avellaneda y Emilia Pardo Bazán, rechazadas con una carta que afirmaba que no había “plazas para mujeres”. Por el camino habían quedado también la escritora Rosa Chacel —en beneficio de Conde— y la lexicógrafa María Moliner, propuesta en 1972 por dos pesos pesados como Lapesa y Laín pero derrotada en la elección final por Emilio Alarcos.
El caso Moliner, que ha adquirido la categoría de hito, hace recomendable combinar el telescopio y el microscopio a la hora de juzgar a la RAE. Por un lado, nadie puede dudar de la categoría filológica de Alarcos, y ya se sabe que lo difícil no es elegir entre el bien y el mal sino entre dos bienes. Por otro, la versión institucional dice que la llamada Docta Casa se inclinó por reforzar la Gramática —que a la altura de los años setenta llevaba cuatro décadas pendiente de renovación— frente al Diccionario —que tradicionalmente avanza a velocidad de crucero—. De hecho, las necesidades de la Academia —donde hay filólogos, científicos y militares— es el argumento oficioso a la hora de elegir nuevos miembros.
Oficialmente, la RAE —cuya renovación está sujeta al carácter vitalicio de sus plazas-— no aplica el sistema de cuotas sexuales para acceder a ella. “Por respeto a la mujer”, suele decir Víctor García de la Concha, su director honorario. Eso sí, observada la institución con microscopio, lo que se ve es esto: en lo que va de siglo XXI se ha elegido el doble de académicas que en los tres siglos anteriores. De las cinco mujeres que se sientan en un pleno con 46 sillas, cuatro lo hacen desde 2002: Carmen Iglesias, Margarita Salas, Soledad Puértolas e Inés Fernández-Ordóñez. La quinta es Ana María Matute. Y es fama que Carmen Martín Gaite nunca quiso sentarse allí.
En la Academia de la Historia hay tres académicas de número (y una electa). En la de Bellas Artes, dos. Tampoco el porcentaje de catedráticas de la universidad (en torno al 15%) hace justicia a la mitad de la población española. Qué decir de los altos cargos de las grandes empresas. Pobre consuelo. Los miembros de la RAE son consciente del déficit de su institución. Las hemerotecas están llenas de declaraciones al respecto pero los hechos circulan por vía lenta. Eso sí, basta leer a las académicas actuales para dudar de que una mayor presencia de mujeres a su lado apoye en el futuro la tesis de que la lengua es sexista.

viernes, 24 de febrero de 2012

JAEN UTILTIZARÀ EL POEMA 'ACEITUNEROS' COM A HIMNE OFICIAL




Empezamos con un artículo en castellano que ha enviado Antonio Hernández (profesor de lengua castellana).



Jaén utilizará el poema ´Aceituneros´ de Miguel Hernández como himno oficial
La Diputación andaluza asume la versión que musicalizó el grupo Jarcha, aunque el Conservatorio está haciendo algunos arreglos en la pieza que está previsto que se presente en marzo

M. POMARES "Andaluces de Jaén, aceituneros altivos, decidme en el alma: ¿Quién, quién levantó los olivos?". Con estos versos, Miguel Hernández unió para siempre su obra y su figura a Jaén. Corría el año 1937 y España se desangraba en una Guerra Civil. Ahora, 75 años después de que el escritor de Orihuela escribiera aquellas letras, la Diputación de Jaén ha decidido convertir el poema "Aceituneros" en el himno oficial de la provincia. La alianza entre el poeta y la tierra de los olivos por excelencia sigue más viva nunca.
La nuera del poeta, Lucía Izquierdo, explica que tuvo conocimiento de la noticia, aunque de forma extraoficial, hace ahora unos 15 días. Sin embargo, no fue hasta el jueves pasado cuando el presidente de la Diputación de Jaén, el socialista Francisco Reyes, junto al diputado de Cultura, visitó Elche con un objetivo muy claro: comunicar a los herederos del autor de "Viento del pueblo" su intención de convertir el poema "Aceituneros" en el himno oficial de la provincia de Jaén. En este caso, se ha optado por la versión que popularizó el grupo Jarcha, aunque el cantautor Paco Ibáñez también musicalizó estos versos.
Lucía Izquierdo relata que, "cuando llegaron, nos dijeron que los derechos de autor prescribían este año, pero que, de todas formas, querían comunicárselo a la familia. Fue entonces cuando les dijimos que, en el caso de Miguel, los derechos no prescribían hasta el año 2022, ya que se aplica la legislación anterior y el plazo es de 80 años, y se quedaron mirándose y sin saber muy bien qué hacer. "La propuesta cuenta con el respaldo de todos los grupos políticos, pero las cosas cambian ahora", nos contestaron desolados". La nuera del escritor asegura que les respondió: "¿Qué problema hay? Cedemos totalmente los derechos para el himno de la provincia de Jaén, prescriban o no prescriban los derechos, y de forma gratuita, porque es una iniciativa muy bonita".
De momento, la cesión de los derechos está a la espera de que se formalice en un documento legal, aunque la intención de la familia, según confiesa la nuera del poeta, es redactar una carta en la que se plasme esa renuncia. En cualquier caso es un tema que están llevando en estos momentos los letrados de las dos partes.
La noticia está previsto que se haga oficial mañana jueves en un acto en Jaén al que asistirán los herederos de Miguel Hernández, aunque, en principio, la pieza no se presentará hasta el mes de marzo, según concreta Lucía Izquierdo. En este sentido, apunta que, en estos momentos, el Conservatorio Profesional de Música de Jaén está trabajando en los arreglos sobre la versión de Jarcha, ya que, según indica, "desde la Diputación han creído oportuno retocar algunos instrumentos".
Izquierdo hace hincapié en que "el hecho de que estos versos se vayan a convertir en el himno de Jaén es algo muy entrañable y un gesto muy bonito, porque no conocemos otro precedente, y, además, es muy importante para la obra y la figura de Miguel". Es más, reconoce que, "con esta iniciativa, Jaén ha sabido agradecerle lo que Miguel ha hecho por Jaén, ya que éste es uno de sus poemas más conocidos, junto a "Elegía a Ramón Sijé" y "Nanas de la cebolla", sobre todo en países como Estados Unidos".